No solamente los elogios o las frases humillantes determinan el nivel de confianza de un niño. Existen otras formas para programar a los niños – especialmente por la forma de dar órdenes e instrucciones – eligiendo palabras positivas o negativas.

Como adultos, guiamos nuestro comportamiento y sentimientos mediante «conversaciones con nosotros mismos», ese murmullo que tiene lugar dentro de nuestras cabezas. («Espero no olvidarme de la gasolina», «Oh Dios, me he olvidado el monedero, debo estar senil», etc) Los psicólogos se sorprenden por las diferentes formas de hablar mentalmente que evidencian las personas sanas y felices y aquellas que están enfermas o afligidas. La autoconversación se aprende directamente de los padres y maestros. Es una gran oportunidad poder utilizar con sus propios hijos toda clase de información útil y positiva que ellos puedan internalizar – y esto será una parte estimulante y cómoda que utilizarán durante toda su vida.

Los niños aprenden internamente cómo organizarse, según la forma que los organizamos nosotros, a travéz de las palabras, de modo que éstas deben ser positivas. Por ejemplo, podemos decirle a un niño: «Por lo que más quieras, no vuelvas a meterte en peleas hoy en el colegio», o podemos decirle «Espero que tengas un buen día y que sólo juegues con los niños que más te gustan».

¿Por qué algo tan sencillo hace una diferencia? Es por el modo en que trabaja la mente humana. Si alguien le dijera: «Le doy un millón de pesetas si durante dos minutos usted no piensa en un mono azul.» Usted sería incapaz de no pensar en él (inténtelo si no me cree). Si se le dice a un niño: «No te caigas del árbol», él tiene que pensar en dos cosas: «No» y «te caigas del árbol». Por haber utilizado nosotros esas palabras, él, automáticamente, tiene esa representación. Todo lo que pensamos lo repetimos de forma automática (imagine que muerde un limón y advierte cómo reacciona usted ante esa fantasia). Es más que probable que un niño que está pensando en que no debe caerse del árbol termine cayéndose. Cambiemos ese mensaje por palabras positivas: «Sujétate al árbol con mucho cuidando», «Presta atención a lo que estas haciendo».

Cada día hay docenas de oportunidades de cambiar los mensajes; en vez de decir «NO cruces la calle», es más fácil decir «Quédate en el semáforo junto a mí», entonces el niño tendrá que pensar en lo que TIENE que hacer, y no en lo que NO DEBE hacer.

Es preciso dar instrucciones claras a los niños sobre lo que deben hacer. Ellos ignoran muchas veces cómo mantenerse a salvo, de modo que las órdenes deben ser muy claras: «María cógete fuerte con las dos manos a los bordes de la barca», es mucho más útil que «No se te ocurra caerte», o aún peor «¿Cómo crees que me sentiré si te ahogas?. Los cambios son pequeños, pero las deferencias son obvias.

Por supuesto que aprender esta nueva forma de hablar no se logra como por arte de magia; en muchos momentos usted deberá dar marcha atrás en sus actos. Al utilizar palabras positivas, usted estará ayudando a su hijo a pensar y actuar positivamente y contribuyendo a que se sienta capaz de enfrentarse con múltiples situaciones, porque así ellos sabrán lo QUE TIENEN QUE hacer y no estarán asustados por lo que NO DEBEN hacer.

Fuente: El Secreto del niño feliz – Steve Biddulph